Plataforma para la Defensa de la Cultura organiza el ciclo “La situación de la cultura a debate”

Sgae | 23 enero, 2015

JUNTA DE GOBIERNO DEL ATENEO DE MADRID

PLATAFORMA EN DEFENSA DE LA CULTURA

Jueves 29  de enero a las 18,00h

PRESENTA: Francisco del Barrio. Secretario Tercero del Ateneo de Madrid

INTERVIENEN

-Rubén Gutiérrez. Coordinador del Área de Estudios y Responsable de Investigación y Desarrollo de la Fundación SGAE

-José Andrés Torres Mora. Doctor en Sociología. Profesor Titular de la Universidad Complutense.

-Luis Miguel Barral. CoFundador de Two Much research studio y especialista en Crowdfunding

-Jesús Garcia Lorente. Director del Instituto Superior de Industrias Culturales y Creativas (InsICC) y Vicepresidente de la AESDEM.

-Rubén Caravaca. Gestor, comunicador y formador cultural. Miembro de Fabricantes de Ideas / La Fábrica de Ideas

MODERA: Fernando Martín. Periodista y músico. Responsable de Comunicación de “Plataforma en Defensa de la Cultura

Salón Actos

Calle del Prado, 21

Decía el poeta mexicano José Vasconcelos: “La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral.”

Es triste que tal sentencia siga encontrando plena vigencia en un momento histórico del desarrollo de la especie en el que el hombre, que ya se plantea colonizar Marte, aún no sabe cómo comportarse de modo ético en el planeta que le vió nacer; o, al menos, en sus instituciones de gobierno.

Nunca la humanidad tuvo tantas opciones para transmitir, crear y confrontar cultura y, sin embargo, nunca fue ese desarrollo tan menor, tan sometido a balances económicos, tan relegado a una cuenta de resultados en la que los beneficios solo se valoran en cifras y no en identidad y enriquecimiento de valores que la cultura otorga a sus ciudadanos.

En este debate que anunciamos toca hablar de la financiación de la cultura. A fin de cuentas, de dinero. Pero de un dinero que no viene a ser ni más, pero tampoco menos, que la gasolina que precisa el vehículo de la cultura para moverse y llevar luz y claridad al devenir de todos los ciudadanos que, aunque no se den o no quieran darse cuenta, la necesitan tanto como la comida o el aire.

Esa cultura, cuyo empuje pecuniario estuvo durante siglos en las manos de clero, nobleza y realeza sin otro criterio que el de satisfacer las exigencias de estos impulsores y pagadores. La misma cultura que, a partir del siglo XIX, empezó a situarse a si misma en el centro de la vida y las sociedades, reclamando soporte por parte de los Estados y exhibiendo una independencia formal, estética e ideológica que solo se vió frenada ante la censura de los regímenes autoritarios que asolaron el mundo en aquel período. La cultura que, casi a finales del siglo XX, comenzó a relacionarse con un mercado masivo y no solo con minorías de alto poder económico, que se tradujo en sólida y reconocida identidad de pueblos y tomó conciencia de su poder de exportación, que sirvió de reclamo para quienes venían de fuera, que prestó también el servicio de otorgar prestigio a gobernantes de cualquier sesgo ideológico…

Esta cultura ve como ahora ese vehículo que la transporta apenas se mueve por falta de gasolina en un paraje inhóspito y que no avisa de gasolineras en muchos kilómetros a la redonda. Un paraje que se llama crisis.

Igual sobre otra cosa no, pero sobre crisis si hemos aprendido todos los ciudadanos del mundo –y en concreto y dolorosamente los españoles- en estos últimos siete años. Crisis que se traduce en recortes inexplicados –y en muchas ocasiones inexplicables. En la dimisión de la responsabilidad del Estado y las diversas administraciones en asegurar a los ciudadanos lo que en la Constitución figura como derecho: el acceso a una cultura libre y de calidad. En la perversión de traspasar de modo total y brutal esa responsabilidad exigible a quienes nos gobierna a los agentes de mercado, como si solo a ellos les competiera la protección y desarrollo de la cultura y obviando que en el ADN de dichos agentes de mercado no está más que el hacer negocio puro y duro; el obtener ganancias a costa de lo que sea y sin miramientos de ningún tipo hacia los derechos de los ciudadanos.

En estas estamos: con el vehículo de la cultura varado en tierra de nadie; con los trabajadores de la cultura viviendo situaciones tan dramáticas e insostenibles como las de otros colectivos sociales como sanidad y educación; con la ciudadanía soportando un período –quizá interesadamente provocado- de embrutecimiento colectivo por una falta de conveniente nutrición cultural.

Es urgente, pues, preguntarse:

¿En qué situación se encuentra la financiación de la cultura en nuestro país en 2015?

¿Es útil y eficiente el modo en el que se financia la cultura en España?

¿Cuáles serían las soluciones que se pueden aportar –desde dentro y desde fuera: otras experiencias en otros países, Mecenazgo, Crowdfunding…- para acabar el colapso de la financiación de la cultura en España?

Preguntas muy ambiciosas son y con total seguridad harán falta muchos más debates como este para llegar a las mejores conclusiones. Pero es bueno contribuir con debates así a asfaltar esa carretera por la que el vehículo de la cultura ha de correr raudo y sin obstáculos en dirección a la formación integral del individuo. Sin lugar a dudas, el mejor de los destinos.

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Para más información y entrevistas contacta con nosotros: Fernando Martín.
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